Un cuento chino (bueno, realmente es japonés)…

Permitidme que empiece un post dedicado a las redes sociales del siglo XXI con la historia de un señor japonés de principios de siglo XVII.

La historia de Toshiro Hasegawa comienza en los oscuros callejones del puerto de Tokio. Huérfano, pobre y sin trabajo, se ve obligado a pedir limosna, a fin de no morir de hambre.

Una mañana brumosa, un gran saipán llegó al puerto procedente del continente. Toshiro, movido por la curiosidad, se acercó a él. Los marineros tendieron la pasarela, por la que descendió un anciano enjuto, tocado con el manto ámbar propio de los monjes budistas. El joven, cediendo a la costumbre, tiende la palma de la mano hacia el anciano. El monje, posando sus ojos profundos en el mendigo, le dice: “No te daré ni oro, ni comida, ni vestidos. No los tengo. Pero puedo darte un consejo con el que podrás cambiar tu destino: “¡Se útil!”. Y, dicho esto, el monje se alejó perdiéndose en la niebla.

“¿Útil?”, se preguntaba Toshiro. “¿Cómo puede ser útil un mendigo al que todos desprecian, que llama a todas las puertas y que ninguna se abre?. ¿Quién puede necesitar un mendigo andrajoso?. ¡Si, al menos, alguien quisiera darme un trabajo …!.

Mientras daba vueltas a estos pensamientos, un murmullo de actividad comenzó a extenderse por todo el puerto: se preparaba una gran expedición para luchar en el continente, en Corea. Un gran guerrero, Heisuke Hayashiya, había recibido del emperador el encargo de pacificar aquellas tierras.

Al ver toda aquella actividad, Toshiro penso que, tal vez, si echaba una mano a los soldados que cargaban los barcos, podría recibir algo de comida a cambio. Y como lo pensó, lo hizo. Se acercó a un grupo de guerreros y se ofreció subirles al barco sus pesadas armas. Pero uno de ellos, sin sospechar siquiera la buena intención del joven, le apartó con su escudo y le dijo: “¡Cómo osas acercarte a un soldado con esos andrajos”! ¡Vete de aquí!

Toshiro se alejó corriendo de aquel lugar para sumirse aún más en la soledad de su miseria: Ahora, ya sí que nadie le quería. ¡Y menos con aquellos ropajes!. Todos desprecian a quien da sin pedir nada a cambio. “¡Ya sé que haré!, cambiaré mis ropas, las recoseré, las limpiaré y marcharé a ofrecer mis servicios”. Y así lo hizo.

A la mañana siguiente, con otro aspecto, Toshiro se acercó a un grupo de soldados que comían arenques alrededor del fuego. “Señores soldados, con todo respeto, os ofrezco mi ayuda para lo que podáis desear”. Ninguno de ellos, levantó los ojos del fuego para mimarle. Toshiro guardó silencio, esperando una respuesta. Pero ninguno de los soldados parecía haber advertido su presencia. Desesperanzado, el joven estaba a punto de marcharse cuando uno de los soldados le dijo: “Muchacho, trae unas maderas para avivar este fuego”. Toshiro, contento porque alguien le había pedido algo, se apresuró a buscar madera para aquel fuego.

Ni que decir tiene que el pago que los soldados le dieron no era dinero. A la mañana siguiente, el joven se presentó en el lugar con madera que había ido recogiendo desde antes de la salida del sol. Como pago, los soldados comenzaron a darle trozos de arenque. ¡Toshiro ya tenía asegurado que podría comer algo cada día! Los soldados comenzaron a acostumbrarse a su presencia y comenzaron a pedirle cada vez más cosas.

Un día, uno de los soldados, le dijo: “Toma esta moneda de cobre. Al final de la semana te daré otra si, cuando yo me despierte, tu me procuras un fuego encendido cada mañana”. Toshiro miró la moneda casi sin creerlo, pues nunca había tenido una entre sus manos. Inmediatamente, se puso a pensar donde podría encontrar más leña. A partir de ese momento, nunca les falto fuego a los soldados del Shogun. Ni que decir tiene que Toshiro comenzó a prestar otros servicios. Al final, se unió a la expedición, llegando a empuñar las armas, en cuyo manejo probó su habilidad y su arrojo.

Toshiro Hasegawa aplicó siempre aquel principio, lo que le permitió estar donde la batalla más lo precisaba. Ello le ganó el prestigio ante sus capitanes y la confianza de sus soldados. Con el tiempo, se convirtió en uno de los guerreros más importantes del Shogunado japonés.

¿LA MORALEJA DE ESTA HISTORIA?.

Ya tenemos la historia contada, pero ¿qué tiene esto que ver con el mundo 2.0, las redes sociales, el desarrollo en la web? Me temo que mucho.

No basta con construir un perfil en LinkedIn, crear tu usuario de Twitter o colgar un par de fotos en Facebook. Al final (y desde el principio de los tiempos) se trata de ser útil, de aportar, de compartir, de trabajar.

Tu perfil de LinkedIn es perfectamente inútil si no está trabajado, si no aporta claves de quién eres como profesional, qué te interesa, qué has hecho, con quién lo has hecho. Si no participas en los grupos, ¿para qué te apuntas?, si no respondes a los correos, ¿qué van a pensar tus contactos?, hay mucho muerto viviente profesional en LinkedIn, con perfiles estáticos, sin desarrollar, sin foto, sin aportar en sus grupos, sin compartir nunca información con su comunidad. No seas uno de ellos, de nuevo, estar sin calidad es peor que no estar.

Igual aplica a aquellos que pretenden relaciones profesionales en Twitter, aquellos que desean desarrollar una marca personal consistente. Destaca, aporta, comparte y añade valor.

Sepamos ser útiles antes de que nos lo pidan. Sólo si damos recibiremos. La credibilidad, la empleabilidad, el “negocio”, se basan en ser percibidos como una persona diferente, especial, que tiene cosas que aportar, Y mucho más cuando las relaciones son virtuales, cuando la otra parte no nos ha visto (todavía) actuar en vivo. Nuestro “know how” y “know what” en acción es lo que marca la diferencia.

Anuncios